DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO

Autor: Ramón Marroquín Flores

Primera Lectura: Deuteronomio 6, 2-6.

Salmo Responsorial: 17.

Segunda Lectura: Hebreos 7, 23-28

Evangelio según san Marcos: 12, 28-34

“En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”. Jesús le respondió: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor; nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor; tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”. El escriba replicó: “Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.” Palabra del Dios. Gloria a ti, Señor Jesús.

El Mayor de los Mandamientos

Que claro y sencillo nos expresa Jesús como poder obtener nuestra felicidad: Amarás a Dios sobre todas las cosas y amarás a tu prójimo como a ti mismo, ¿No? Siendo así, ¿qué sucede en nuestra vida cotidiana? ¿Siempre amamos a Dios sobre todas las cosas? ¿Podemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos?

Es un proceso complicado poder expresar y dar nuestro amor a un “tercero” sin imponernos a nosotros mismos en primer plano, esto se debe a que vivimos con intereses equivocados o confusos, buscando solamente nuestra felicidad. Pero esta búsqueda inquietante de “nuestra felicidad” puede estarnos guiando equivocadamente en nuestro destino, simplemente coloquemos como ejemplo nuestra persona: Normalmente nosotros estamos en primer plano, nos amamos nosotros mismos sobre todas las cosas. ¿Cuánto daño no nos provocamos al buscar nuestra satisfacción? Recapacitemos un poco y revisemos nuestra conducta en actividades básicas:

  • ¿Comes en  exceso?
  • ¿Disfrutas las comidas altas en calorías y grasas?
  • ¿Tomas alguna bebida alcohólica?
  • ¿Fumas?
  • ¿Desvelos?, etc.

Seguramente muchos de nosotros realizamos alguna de estas acciones eventual o continuamente, buscando nuestra alegría y satisfacción para cumplir algunos “placeres”,  donde  en realidad estamos dañando a nuestro propio organismo. ¿Por qué nos sucede? ¿Por qué nos agredimos si nos amamos tanto a nosotros mismos? Este, es un reflejo y resultado de haber perdido el amor real a Dios.

Otra  causa frecuente de perdernos en nuestro camino es al “dar nuestro amor” prioritariamente al $Dinero$, en busca de riqueza o poder, sin importar como lo logramos o si dañamos a alguien más. Tomemos en cuenta que las bendiciones de liderazgo y económicas son derivadas de nuestras buenas acciones.

Al no tener en primera persona a Dios nuestro Señor, como nuestro principal amor, y no alinear este mismo amor a nuestro prójimo, estaremos perdiéndonos en diferentes caminos por los cuales no lograremos la felicidad y eternidad a la que hemos sido llamados.

Para poder lograr el amor de Dios es importante buscar el amor del prójimo, entregarnos y servirle a él, servir a nuestros hermanos sin interés de obtener un beneficio, sino todo realizarlo para obtener la guía en el camino del Señor y entender su razón de nuestra existencia. ¿Qué amor nos ofreció Jesús sino ofrecer su muerte por nosotros? Vayamos pues, construyendo nuestra vida cristiana con la base firme y perpetua de los dos primeros mandamientos.

Señor Jesús, Rescata a mi Familia. ¡Amén!

Señor Jesús, Restaura a mi Familia. ¡Amén!

Señor Jesús, Salva a mi Familia. ¡Amén!

One Response to “DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO”

  1. Martha Treviño says:

    EXCELENTE!!!, felicidades Ramon, es muy importante poder entender este principio de vida, el amor derramado de Jesus por cada no de nosotros lo mal gastamos en desear y amar todo lo que nos aleja de Dios. D efinitivamente amarnos como Verdaderos templos del Espiritu Santo, nos lleva a amar a nuestros hnos.

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